Home Catechetical Corner Mensaje del Obispo para Domingo de Pascua

Mensaje del Obispo para Domingo de Pascua

352
Bishop Koenig

Mensaje de Pascua

¡Cristo ha resucitado!  Él ha resucitado en verdad, (seguro que ha resucitado).  Es el mensaje gozoso que fue anunciado en la mañana de ese primer día de pascua, y repetido incontable número de veces atraves de los pasados 2,000 años.  Jesus Cristo, odiado y despreciado, crucificado y sepultado, ha resucitado a una nueva vida. Él ha conquistado el mal y el odio, el pecado y la muerte, y unió el abismo, creado por el pecado, entre Dios y la humanidad.  La secuencia antigua de la pascua proclama su bien: “Cristo en verdad ha resucitado seguro de la muerte, obteniendo nuestra nueva vida.

Yo te invito a refeccionar sobre los tres detalles contenidos en el evangelio de Juan, acontecidos en la primera pascua. Tinieblas, búsqueda y desesperación.  Muchos años han pasado desde que esos primeros discípulos de Jesus vinieron a entender y creer en su resurrección, su entendimiento y creencia no era como la nuestra.

Comencemos por las tinieblas.  En los acontecimiento de la pascua del evangelio de Juan escuchamos de como “María de Magdala llego a la tumba de Jesus temprano en la mañana, mientras todavía estaba oscuro”. (Jn 20:1).  Mientras María experimentaba su oscuridad física, ciertamente fue debido en no menos parte para llegar en su camino hacia la tumba antes de que el sol hubiera salido en el lado este del cielo, que es también una descripción apta del peso en su corazón y ella todavía no  ver con los ojos de la fe, que ciertamente habían tomado lugar, y que Jesus había resucitado a una nueva vida.  Es la oscuridad del dolor y sufrimiento, de ansiedad y temor.  Es la oscuridad de gente inocente siendo asesinadas como salario de guerra por otras naciones, de mujeres y niños explotados, aprobando  leyes que promueven el suicidio, o de vidas inocentes de que todavía no han nacido.  Es la misma oscuridad que nosotros experimentamos en nuestra vida personal cuando estamos enfermos o cuando un ser querido sufre.

Mientras continuamos leyendo el evangelio de Juan, encontramos que la oscuridad que envuelve el corazón de María comienza a levantarse cuando ella llora, y se dobla para mirar dentro de la tumba (Jn 20:11).  Solo algunos versículos anteriores, nosotros oímos, como el discípulo amado había mirado también dentro de la tumba, “vio y creyó” (Jn) 20:8).  Fue en la tumba vacía, el lugar donde el cuerpo terrenal de Jesus había sido colocado, donde ellos vieron la ropas funerales enrolladas y oyeron la voz del Ángel.   Fue en la tumba vacía donde María y Pedro vinieron a entender la conquista del amor de Dios.  Esto es un recordatorio para nosotros de como nosotros también habiendo conmemorado en el viernes Santo la muerte de Jesus en la cruz, somos llamados a mirar y ver el amor transformador de Dios y el amor incondicional de Jesus resucitado a una nueva vida.  Es un recordatorio para nosotros que algo más grande que una tumba vacía o ropa funeral nos es dado a nosotros para que nos ayude a ver y creer y conozcamos el amor de Dios: los Sacramentos de la Iglesia y la vida de la Iglesia. Como nosotros venimos a la iglesia y entramos, atraves de los Sacramentos, en la vida de Cristo, nosotros ciertamente podemos ver y vivir la nueva vida de Jesus Cristo.

Y por último, mientras venimos al detalle final encontrado en los acontecimientos del evangelio de Juan en la primera pascual: correr. Hay una urgencia indiscutible de parte de María y Pedro y el discípulo amado.   San Juan nos dice que la acción inicial de María al descubrir la tumba vacía fue correr hacia Pedro con la noticia.  Nosotros ahora escuchamos a Pedro y al discípulo a quien Jesus amaba, luego, escuchar a María anunciar que la tumba esta vacía, y voltearon todos a correr hacia la tumba. Viendo al Jesus resucitado en la tumba, María “fue y lo anuncio a los discípulos”. “Yo he visto al Señor” (Jn20:18).   Como discípulos terrenales de Jesus, nosotros también podemos traer, sin retrasos, la Buena Nueva del Jesus resucitado al mundo que espera.  Que podamos ser discípulos misioneros.

La luz de Cristo ha dispersado las tinieblas.  Hemos visto la Gloria de Dios. Proclamemos la Buena Nueva.

Felices y benditas pascuas para ti y tus seres queridos.  Por favor estén seguros de que están en mis oraciones.  Cristo ha resucitado.  En efecto, ha resucitado.

Reverendísimo William E. Koenig

Obispo de Wilmington